Mi dilema entre Editoriales y Autopublicación

Tengo varios libros terminados, pero el camino para publicarlos está lleno de decisiones, muros y dudas. Esta es mi guerra personal para llegar a los lectores.

DIARIO DE AUTOR

4/27/20266 min leer

Cuando hablo con mis queridas lectoras beta —que, para quien no lo sepa, son esas personas a las que les dejo mis libros para ver sus reacciones, sus opiniones y, a veces, sus silencios peligrosos—, o cuando hablo con gente que conoce todo lo que he llegado a escribir en estos dos años, siempre termino en el mismo punto.

La misma pregunta.

Si tienes tantos libros escritos, ¿por qué no los has publicado?

Y la verdad es mucho más compleja de lo que parece.

Hace un año publiqué Crónicas Ankhatu: Origen. Ahora, completamente renovado y ampliado, lo he republicado. Pero esa no es exactamente la cuestión. La cuestión es otra. La cuestión es qué pasa con todo lo demás. Qué pasa con esas novelas que existen, que están escritas, que han pasado por mis lectoras beta, que forman parte de mi camino como autor, pero que aún no han salido al mundo.

Y ahí empieza la parte difícil de explicar.

En el mundo editorial, una obra ya autopublicada suele tener un camino complicado si luego quieres moverla por editoriales tradicionales. No siempre es imposible, claro, pero sí es más difícil. Si un libro autopublicado no ha llegado a suficiente gente, si no ha hecho ruido, si no ha demostrado una comunidad detrás, muchas veces queda en una tierra extraña: ya no es nuevo para una editorial, pero tampoco ha tenido la fuerza necesaria para abrirse paso por sí solo.

Eso fue lo que le ocurrió a mi primera publicación.

Crónicas Ankhatu salió al mundo, pero no llegó lo bastante lejos. Se quedó en algún rincón de Amazon, en una de esas estanterías digitales donde tantos libros aguardan en silencio. Nada que no haya contado ya. Nada que no me haya dolido ya.

Entonces, claro, surge la pregunta.

¿Y ahora qué?

La respuesta honesta quizá sea una palabra fea, pero verdadera: miedo.

O quizá no solo miedo. No lo tengo del todo claro, si tengo que ser sincero. Autopublicar es agotador. Mucho más de lo que parece desde fuera. No es solo escribir el libro y subirlo. Es corregir, maquetar, revisar, pelearte con márgenes, portadas, formatos, plataformas, descripciones, categorías, palabras clave, anuncios, redes, visibilidad. Es convertirte en escritor, editor, corrector, maquetador, diseñador, comercial y vendedor ambulante de tu propio sueño.

Y todo eso pesa.

Pesa todavía más cuando, después de tanto esfuerzo, no consigues despegar ni llegar a la gente.

Entonces llega la otra pregunta.

¿Por qué no lo presentas a editoriales?

Con Crónicas Ankhatu la decisión ya está tomada. Esa saga ya nació en la autopublicación, y he decidido que voy a continuarla por ese camino, con todo lo que eso conlleva. Puede que se pierda en el ciberespacio. Puede que no. Puede que tarde más en encontrar a sus lectores. Puede que tenga que pelear cada metro de arena. Pero Ankhatu seguirá su ruta conmigo al mando.

Porque también hay algo importante ahí: el control.

Con Ankhatu necesito poder decidir. Reescribir, ampliar, partir tomos si la historia lo exige, cambiar portadas, ajustar el ritmo, mover el mundo sin pedir permiso. Es una saga demasiado mía, demasiado abierta todavía, demasiado viva como para entregarla sin más a una maquinaria que quizá no entienda lo que estoy intentando construir.

Pero ¿qué pasa con los demás proyectos?

Ahí la cosa cambia.

Tengo una trilogía romántica-thriller con toques de ciencia ficción cercana. Tengo una historia de vampiros cañera de verdad. Tengo una colección de fantasía con mucho humor, nacida en parte de esa energía absurda, divertida y desatada de las partidas de rol con amigos. Tengo obras que no necesariamente tienen que seguir el mismo camino que Crónicas Ankhatu.

Y eso es algo que he tardado demasiado en entender.

No todos los libros necesitan la misma puerta.

Con algunas de esas obras he decidido probar otra vía. Hacerlas llegar a representantes literarios y editoriales. No porque crea que ahí me espera una lluvia de dinero. No voy por ahí. Mi intención ahora mismo es otra: llegar a la gente.

Esa es mi prioridad.

Quiero llegar a los lectores. Sé que hay lectores a quienes estas historias les gustarían. Lo sé. No desde la arrogancia, sino desde esa certeza tranquila que empieza a aparecer después de escribir mucho, fallar mucho, corregir mucho y ver cómo ciertas historias provocan algo real en quienes las leen.

El problema no es solo tener una buena historia.

El problema es que alguien llegue hasta ella.

Ese es el muro principal.

El mercado está inundado de oferta. Hay miles y miles de libros, voces, anuncios, novedades, promesas, portadas y autores intentando abrirse paso al mismo tiempo. Las editoriales y las agencias de representación literaria están saturadas. Literalmente saturadas. Tener buen material no garantiza nada. Puede que lean mi presentación y no sea lo bastante buena. Puede que no encaje con lo que buscan. Puede que estén desbordados. Puede que pasen página antes incluso de llegar al corazón de la obra.

Y eso también hay que asumirlo.

Ahora, con los proyectos que he presentado por esa vía, solo queda esperar.

Esperar no se me da especialmente bien.

Preferiría estar escribiendo. Siempre. Esa ha sido parte del problema y también parte de la solución. He tardado demasiado en tomar ciertas decisiones porque estaba tan metido en escribir que no quería que nada me distrajera de lo que realmente me importa.

Escribir.

¿Irracional? Seguramente.

Pero también tiene que ver con la ignorancia propia. Con no saber qué camino es mejor. Con las dudas. Con esa sensación de estar aprendiendo el oficio de escribir y, al mismo tiempo, teniendo que aprender un segundo oficio completamente distinto: el de hacer que lo escrito llegue a alguien.

Porque una cosa es escribir novelas.

Y otra muy distinta es saber venderlas.

Puedo haber escrito bastantes libros, sí. Pero eso no quita que, en lo referente a publicidad, marketing y visibilidad, siga sintiéndome un ignorante. Un ignorante con voluntad de aprender, pero ignorante al fin y al cabo. Y quizá reconocer eso también forma parte del camino.

Durante mucho tiempo pensé que bastaba con escribir más.

Ahora sé que no.

Escribir sigue siendo el centro. Siempre lo será. Pero si quiero que mis mundos no se queden enterrados en mis carpetas, tengo que aprender a sacarlos a la luz. Tengo que aceptar que la guerra ya no está solo en la página.

También está fuera.

En las redes.

En el marketing.

En la constancia.

En explicar quién soy, qué escribo y por qué merece la pena entrar en mis historias.

Al final he tomado una decisión, aunque no sea perfecta.

Voy a autopublicar Crónicas Ankhatu por completo.

También autopublicaré un libro de relatos cortos, un proyecto muy interesante pensado para que más gente pueda descubrir mi forma de escribir, no solo desde la fantasía épica, sino desde otros tonos, otras heridas y otras puertas. Después de Crónicas Ankhatu, veré qué hago con la colección de novelas de La estrella dorada, esa fantasía con mucho humor que nació de otro lugar, más ligero, más gamberro, más cercano al espíritu de las partidas de rol.

¿Estoy haciendo bien?

No lo sé.

Posiblemente no lo sabré nunca.

Y esa es una de las partes más duras de este oficio cuando caminas sin mapa. Puedes tomar decisiones con toda la información que tienes, puedes escuchar consejos, puedes mirar lo que hacen otros, puedes equivocarte intentando no equivocarte. Pero al final llega un momento en que tienes que escoger una puerta y cruzarla.

Ahora mi guerra es el marketing y las redes.

No es la guerra que más me apetece librar. No voy a mentir. Preferiría quedarme en la página, con mis personajes, mis mundos, mis diálogos y mis monstruos. Preferiría escribir antes que vender lo escrito. Pero si de verdad quiero llegar a los lectores, tengo que aprender a pelear también ahí.

Y luego están los concursos.

Otra pregunta que aparece de vez en cuando.

¿Por qué no presentarlo a algún concurso?

La respuesta, en mi caso, tiene mucho que ver con los derechos. Muchos concursos, por el mero hecho de participar, te obligan a aceptar bases que implican ceder la obra en condiciones que no me compensan. A veces incluso antes de saber si vas a ganar algo. Y aunque consiguiera un premio, aunque lograra cierta visibilidad, no siempre me merece la pena perder el control de una historia que me ha costado tanto levantar.

Prefiero mantener el control de mi obra.

Aunque eso implique avanzar más despacio.

Aunque sea más difícil.

Aunque tenga que aprender cosas que nunca pensé que tendría que aprender.

Quizá dentro de unos años mire atrás y piense que me equivoqué. Quizá descubra que había una ruta mejor. Quizá algunas puertas no se abran nunca y otras aparezcan donde menos lo espero. No lo sé.

Lo único que sé es que mis libros existen.

Que no quiero dejarlos quietos en la oscuridad.

Que Crónicas Ankhatu seguirá adelante.

Que otras obras buscarán su camino por representantes y editoriales.

Que algunas quizá llegarán por autopublicación.

Que otras esperarán un poco más.

Y que, por encima de todo, sigo teniendo la misma intención que cuando escribí aquellas primeras ochenta páginas para una partida de rol.

Contar historias.

Hacerlas reales.

Y encontrar, al otro lado, a quienes quieran vivirlas conmigo.