La historia que uno descubre mientras la escribe

Una reflexión personal sobre el proceso creativo, los personajes que cobran vida, la construcción de mundos y aquello que transforma una simple trama en una novela.

DIARIO DE AUTOR

7/13/202614 min leer

La historia que uno descubre mientras la escribe

Hace algún tiempo, un compañero escritor se puso en contacto conmigo para hablar de su novela. Al principio pensé que podría responderle de una manera sencilla, con cuatro consejos nacidos de la experiencia y poco más. Sin embargo, la reflexión terminó llevándome hacia un lugar bastante más profundo: me obligó a recordar cómo había empezado a escribir, qué había cambiado desde entonces y, sobre todo, por qué sigo haciéndolo como lo hago.

La verdad es que, en lo esencial, mi procedimiento no ha cambiado demasiado. He aprendido, he corregido muchos errores y he adquirido algunas manías nuevas —unas más útiles que otras—, pero continúo acercándome a las historias de una forma muy parecida a como lo hacía al principio.

Poco después de empezar a escribir descubrí que existían, por simplificar mucho las cosas, dos grandes tipos de escritores: los de mapa y los de brújula.

El escritor de mapa planifica meticulosamente la trama, los personajes, los conflictos y buena parte de los detalles antes de redactar la primera página. Sabe adónde se dirige, conoce las etapas del viaje y procura no abandonar el camino que ha trazado.

El escritor de brújula, en cambio, comienza con una idea general y se lanza al camino. Quizá sabe dónde está el norte, pero ignora qué encontrará antes de llegar: los giros, las relaciones, los conflictos e incluso el desenlace aparecen mientras escribe.

Yo tardé poco en descubrir que era un híbrido, aunque pertenezco mucho más al segundo grupo.

Suelo partir de una idea general, algunos personajes —no demasiados—, una posible trama y, la mayoría de las veces, un final. Ahí aparece mi parte de escritor de mapa: en casi todas mis novelas conozco el principio y el desenlace. Pueden variar, por supuesto, porque nada debería considerarse sagrado durante la escritura, pero rara vez cambian de verdad. Lo que sucede es que, a medida que avanzo, voy viendo ese final con mayor nitidez.

Al comienzo no es más que una silueta en la niebla. Después adquiere forma, peso, consecuencias. Poco a poco comprendo no solo qué ocurrirá, sino por qué debe ocurrir.

Pero el final, por importante que sea, es únicamente eso: el final. No es donde se encuentra el verdadero meollo de una novela. El corazón está en el camino, en aquello que los personajes deben perder, descubrir o destruir para alcanzar ese último punto.

Y ahí es donde todo empieza a complicarse.

Los personajes están vivos

No tardé demasiado en descubrir que mis personajes estaban vivos. Muy vivos.

Sé que decirlo así puede sonar extraño. Al fin y al cabo, soy yo quien los crea, quien decide sus nombres, escribe sus palabras y coloca el mundo bajo sus pies. Sin embargo, cuando pongo a dos personajes frente a frente, ocurre algo que no siempre puedo controlar.

A veces ni siquiera había previsto que fueran a encontrarse. Los coloco en una misma escena por una necesidad concreta y, de repente, empiezan a discutir sus propios asuntos. Uno responde de una forma que no había planeado. El otro se siente ofendido, sospecha, ataca o calla. Entonces yo dejo de sentirme como quien dirige la conversación y paso a convertirme en un espectador.

Ellos hablan, reaccionan y piensan.

Y, en ocasiones, me obligan a cambiar o a crear algo que jamás había pensado incluir.

Esto me ha llevado a modificar planes enteros. No necesariamente el desenlace, pero sí el camino para llegar hasta él. Una relación que yo imaginaba sencilla se vuelve conflictiva. Un personaje secundario adquiere una importancia inesperada. Alguien que debía actuar de una determinada manera se niega, porque hacerlo traicionaría todo aquello que ha demostrado ser.

Podría obligarlo, por supuesto. El escritor siempre tiene ese poder. Pero cuando fuerzas a un personaje a actuar contra su propia naturaleza únicamente porque el argumento lo necesita, la historia lo nota. El lector quizá no sepa explicar qué ha fallado, pero percibe que algo se ha roto.

Me di cuenta de esto muy pronto, aunque al principio no comprendía del todo sus implicaciones.

Sé que la idea de que unos personajes escritos por mí hablen entre ellos mientras yo me limito a observarlos puede parecer absurda. También sé que la realidad es más compleja: no aparecen por arte de magia ni poseen una voluntad independiente. Surgen de alguna parte de mi memoria, de mi experiencia, de mis miedos y de todo lo que he observado sin ser consciente de ello.

Pero yo lo siento así.

Me pongo en su piel. Olvido durante un rato quién soy y dejo que hablen desde aquello que ellos son.

Y no, no estoy loco.

O quizá no lo suficiente.

De momento.

¿Qué implica esto para una historia?

La respuesta más honesta sería: casi todo.

Como decía antes, yo suelo tener una idea, una trama principal que muchas veces es sencilla y un final. Son los personajes quienes llenan el espacio que existe entre esos puntos.

Esto significa que, aunque parta de un plan, ese plan puede transformarse muchísimo. El destino final suele mantenerse, pero los caminos cambian. Aparecen senderos que no había visto, se derrumban puentes que creía seguros y, en ocasiones, descubro que llevaba varias páginas avanzando en la dirección equivocada.

En el momento de escribir estas líneas he terminado unas catorce novelas, aunque apenas he publicado la primera por motivos que no vienen al caso. También he escrito varios relatos cortos. He procurado aprovechar cada historia para experimentar, probar estructuras y jugar con lo que quería contar y con la manera de contarlo.

Al hacer memoria, creo que solo hay un par de novelas en las que no sabía cómo terminaría todo. En esos casos me limité a avanzar y confiar en que el camino acabaría revelando su destino.

En la última novela que he escrito dudé hasta el último maldito segundo.

No tardé demasiado en decidirme, pero la duda estuvo ahí. Tenía dos finales posibles y decidí que fueran los personajes quienes eligieran.

No nos engañemos: la decisión final era mía. Siempre lo es. Además, hay momentos en los que me interesa explorar el sufrimiento, pero también otros en los que necesito acercarme a la alegría. Quizá, cuando la vida pesa demasiado, uno desea conceder a sus «hijos» un desenlace un poco más amable.

Siempre que la historia lo permita, claro.

Porque un final feliz impuesto puede ser tan falso como una tragedia escrita únicamente para provocar lágrimas. El desenlace debe nacer de lo ocurrido. No tiene que ser justo, pero sí honesto.

¿Cómo creo a los personajes?

No es una pregunta fácil de responder. Ni siquiera después de pensarlo mucho tengo claro cuál es mi método.

Antes de ponerles un nombre suelo saber, más o menos, cómo son. Conozco algunos rasgos de su carácter, su manera de enfrentarse al mundo y quizá aquello que desean. También suelo tener claro si existe un único protagonista o varios, aunque a veces aparecen personajes que no estaban destinados a ocupar ese lugar y terminan apoderándose de las páginas.

Entonces los introduzco en el mundo y comienzo a reaccionar con ellos.

Al principio no pensaba más allá de la aventura que quería narrar. Había una misión, un conflicto, un enemigo o un viaje. Con el tiempo aprendí que los personajes necesitaban algo más. Y la historia también.

No basta con saber qué puede hacer un personaje. Hay que intuir qué teme, qué desea, qué se niega a reconocer y qué herida lleva consigo incluso cuando nadie puede verla.

Apliqué buena parte de este aprendizaje cuando reescribí mi primera novela, Crónicas Ankhatu: Origen. Aquella historia es un ejemplo muy claro de algo que pasó de ser una especie de crónica histórica a convertirse en una novela viva desde el punto de vista de sus protagonistas.

La historia ya existía. Los acontecimientos principales estaban ahí. Sin embargo, faltaba vivirlos.

En la nueva versión no solo contemplabas lo que ocurría: respirabas y sangrabas con los personajes. Las guerras dejaron de ser una sucesión de movimientos y resultados. Las pérdidas comenzaron a tener nombre. Las victorias adquirieron un precio.

En esa reescritura apliqué lo que había aprendido después de varias novelas. Descubrí cosas que quizá suenen a manual de escritura, pero que poseen un peso real cuando uno las comprende sobre la página.

Por eso, cuando aquel compañero me pidió consejo, intenté ordenar algunas ideas. No soy un experto en absolutamente nada. No tengo una verdad revelada ni un sistema capaz de garantizar que una novela funcione.

Solo tengo experiencia.

Y, además, es mi experiencia. Puede ayudarte o no. Puede servirte para comprender tu propio método o únicamente para descubrir que prefieres hacer justo lo contrario.

Cualquiera de las dos cosas sería útil.

Tener una historia no significa tener una novela

Existen muchas formas de contar una historia: el guion, el argumento, la crónica, la experiencia narrativa, el relato o la novela.

Yo empecé escribiendo guiones. Muchos. Algunos estaban más o menos novelizados. Después llegaron las historias para partidas de rol y, finalmente, las novelas.

Durante un tiempo confundí el hecho de tener una trama con el de tener una novela, pero no es lo mismo.

Una trama puede resumirse en unas líneas: alguien quiere algo, se enfrenta a una dificultad y trata de superarla. Incluso una historia compleja puede reducirse a un esqueleto bastante sencillo.

Pero una novela no es únicamente aquello que sucede.

También es la forma en que los personajes viven lo sucedido. Es lo que recuerdan, lo que comprenden mal, lo que callan y aquello que pierden mientras avanzan. Es el significado que conceden a una mirada, una derrota, una traición o una promesa.

El esqueleto mantiene la historia en pie, pero no es lo que la vuelve humana.

¿Qué sostiene el libro?

Conviene preguntarse cuál es el verdadero tema de la obra. Qué existe detrás de la trama.

Puede ser la superación, el trauma, la culpa, el miedo, la libertad o la simple diversión. No todas las novelas necesitan convertirse en tratados filosóficos. Una historia puede existir para entretener y seguir siendo magnífica.

Pero incluso las aventuras más ligeras suelen poseer una idea que las sostiene.

Podemos narrar una guerra, aunque quizá la historia trate en realidad sobre aquello que una persona está dispuesta a sacrificar para proteger a los suyos. Podemos contar un viaje, pero hablar en el fondo de alguien que intenta encontrar un lugar al que pertenecer. Podemos escribir una venganza que termine preguntándose si el odio puede sobrevivir cuando desaparece el enemigo.

La trama es lo que ocurre.

El tema es aquello de lo que estamos hablando mientras ocurre.

El mundo solo existe cuando afecta a alguien

Esto es algo que supe antes de saber que lo sabía.

Disfruto investigando e imaginando cómo son los mundos que habitan mis personajes. Me interesa su geografía, su historia, sus culturas, sus tecnologías, sus creencias y su magia. Y todo ello necesita, al menos en mi caso, una investigación concienzuda.

Cuando Valok, uno de los protagonistas de Crónicas Ankhatu, viaja de una ciudad a otra, lo hace a una velocidad determinada. Si entre la ciudad A y la ciudad B existen cincuenta kilómetros, debe tardar un tiempo razonable en recorrerlos.

Parece lógico, ¿verdad?

Pues para escribir una frase tan sencilla como «tardaron cuatro días en llegar» tuve que investigar a qué velocidad camina una persona, cuántas horas puede avanzar durante una jornada tranquila, cuánto recorrería si tuviera prisa y cómo afectarían el terreno, el cansancio o el equipaje.

¿Explico todo eso en la novela?

Sí y no.

El lector solo ve que tardaron cuatro días. Detrás de esa frase puede haber horas de investigación y aprendizaje. No es necesario mostrar cada dato. Lo importante es que el resultado posea coherencia.

Aplico esta lógica a casi todo. No me basta con crear algo y afirmar que funciona porque sí. Necesito comprender, al menos hasta cierto punto, por qué funciona y qué consecuencias tiene.

Eso me lleva a «perder» mucho tiempo, y pongo perder entre comillas porque no considero que sea tiempo desperdiciado. Investigar me enriquece y me divierte muchísimo. También ralentiza la escritura, claro.

Ahora imaginad aplicar esta lógica no a un viaje, sino a una civilización entera.

¿De qué vive? ¿Quién gobierna? ¿Qué considera sagrado? ¿Cómo comercia? ¿Qué ocurre cuando alguien enferma? ¿Cómo trata a los extranjeros? ¿Qué teme? ¿Qué desprecia? ¿Qué cosas considera normales y resultarían monstruosas para otra cultura?

No hace falta explicarlo todo. De hecho, casi nunca conviene hacerlo. Pero el autor debería sentir que el mundo continúa existiendo más allá de la página.

El porqué de las escenas

Cada escena debería tener una razón para existir, aunque al escribirla no siempre seamos conscientes de ella.

Puede tratarse de un deseo, un obstáculo, una decisión, un cambio o una consecuencia. Puede servir para revelar algo del personaje, alterar una relación o preparar un conflicto que aún no ha estallado.

Si un guerrero combate en una guerra, no basta con verlo blandir una espada. Debemos verlo sufrir, sangrar, vencer y perder. Y, sobre todo, debemos comprender qué queda de él cuando termina la batalla.

Una escena no tiene que cambiar el destino del mundo. A veces basta con que cambie ligeramente la manera en que un personaje contempla a otro.

Pero algo debería moverse.

El arte de detenerse

El punto anterior conduce de forma inevitable a este.

Hay momentos en los que la historia necesita avanzar y otros en los que necesita detenerse. No detenerse para rellenar páginas, sino para permitir que los acontecimientos adquieran peso.

Es ahí donde los personajes asumen las consecuencias de sus actos. Donde aparecen los silencios, las dudas y las conversaciones que, aunque parezcan tranquilas, también hacen avanzar la novela.

Después de una batalla no siempre conviene saltar directamente a la siguiente misión. Quizá sea necesario ver cómo entierran a los muertos. Cómo alguien limpia la sangre de un arma. Cómo dos amigos descubren que ya no pueden hablarse como antes.

Las consecuencias también son acontecimientos.

A veces, incluso son más importantes que aquello que las provocó.

Crecer sin rellenar

Cuando alguien tiene doscientas páginas y desea llegar a trescientas, la tentación inmediata consiste en añadir cosas.

Más viajes. Más personajes. Más enemigos. Más problemas.

Sin embargo, una novela no debería engordarse. Debería profundizarse.

No hay que introducir escenas únicamente para llenar espacio. Todo debería poseer una razón, aunque esa razón sea pequeña. Puede tratarse de profundizar en una relación, mostrar una consecuencia o desarrollar una subtrama necesaria o interesante.

Para asegurarme de que no estoy añadiendo relleno, intento hacerme una pregunta muy sencilla: si elimino esta información o esta escena, ¿cambia algo?

¿Afecta a los personajes? ¿Modifica la trama? ¿Explica una decisión? ¿Prepara algo? ¿Nos permite comprender mejor el mundo o el conflicto?

Si al retirarla no cambia absolutamente nada, quizá no sea necesaria.

Que yo consiga aplicar siempre este principio ya es otra cuestión.

¿Cómo esquematizo todo esto?

Creo mapas. Anoto preguntas. Escribo cualquier idea que se me ocurra, sin importar dónde esté.

Coged el móvil y apuntadla.

De verdad.

Se os va a olvidar.

Y quizá fuese una idea brillante.

Anoto los personajes y escribo cómo son. En ocasiones también desarrollo su cultura: sus costumbres, sus creencias, su organización o cualquier elemento que pueda influir en su forma de actuar.

También apunto la trama principal, aunque solo contenga unas cuantas ideas básicas, y el final o posible final si ya lo tengo en mente.

Aparte de eso, hago poco más.

Podría crear fichas detalladas, preparar una lista enorme de preguntas o diseñar cada capítulo antes de comenzar. Pero no lo hago. Nunca me ha preocupado demasiado.

No porque esas herramientas no sean útiles, sino porque no encajan con mi forma de escribir. Cada escritor debe averiguar qué clase de orden necesita y qué cantidad de desorden es capaz de soportar.

Aprende a escuchar tu novela

Lo sé. Parece la típica frase que diría cualquier listillo que pretende convertir la escritura en una especie de experiencia mística.

Pero es verdad.

Debes aceptar que el plan inicial puede cambiar cuando los personajes y los conflictos adquieren vida. Debes aprender a reconocer cuándo una escena se resiste porque todavía no la comprendes y cuándo lo hace porque, sencillamente, no debería estar ahí.

Mi sensación es que no transcribo una historia terminada.

La descubro mientras intento contarla como buenamente puedo.

Conozco una parte del camino. Veo algunas montañas en la distancia y quizá distingo el lugar al que deseo llegar. Pero la historia se revela al avanzar.

Mostrar el mundo mediante la fricción

Una de las cosas que he aprendido es que el mundo se muestra mejor cuando obliga a los personajes a vivir dentro de él.

En lugar de dedicar tres páginas a explicar cómo funciona una sociedad, puede resultar más interesante revelarla mediante una discusión en un mercado, un entierro, un juicio o una persona que intenta cruzar una frontera.

Las leyes importan cuando alguien las incumple.

La religión importa cuando alguien teme a un dios, cuestiona un rito o utiliza la fe para justificar una crueldad.

La economía importa cuando los suministros dejan de llegar, cuando el pan se vuelve demasiado caro o cuando una familia debe elegir entre comer y pagar una deuda.

El mundo no cobra vida por la cantidad de información que ofrecemos, sino por la manera en que condiciona las decisiones de quienes lo habitan.

Profundizar las escenas, no multiplicarlas

Cuando una historia parece demasiado corta o sentimos que le falta algo, lo más eficaz suele ser desarrollar las escenas que ya existen.

Pensemos en una conversación.

Si los personajes solo intercambian información, la escena parecerá un trámite. Pero si desean cosas distintas, ocultan algo, se juzgan o temen perder el control, la conversación empieza a tener vida.

No significa que no podamos añadir nuevas escenas o conflictos. Yo no soy quien para dictar lo que nadie debe hacer. Esta es mi experiencia, no una verdad absoluta.

Pero antes de añadir otra aventura, quizá convenga preguntarse si hemos explorado de verdad la que ya tenemos.

Dejar que los hechos dejen huella

Los acontecimientos deberían dejar marcas tanto en los personajes como en el lector.

Las consecuencias pueden ser físicas, emocionales, políticas o económicas. Pueden transformar un reino entero o manifestarse en un detalle aparentemente insignificante.

Después de una guerra, quizá los suministros ya no lleguen con la misma regularidad.

Tal vez en el mercado ya no queden patatas.

Puede parecer poca cosa, pero ahí empieza a percibirse la guerra de verdad. No solo en los cadáveres o en las grandes batallas, sino en la ausencia de algo cotidiano que antes parecía garantizado.

¿Veis por dónde voy?

El mundo cambia después de los acontecimientos. Y los personajes también deberían hacerlo.

Las subtramas necesitan un propósito

Las subtramas no deberían existir para engordar el manuscrito.

Deben tener una función.

Pueden mostrar el conflicto principal desde otro punto de vista, poner a prueba una relación, revelar consecuencias o presentar una respuesta distinta al mismo dilema.

Tal vez dos personajes se enfrenten a la misma pérdida y reaccionen de manera opuesta. Quizá uno se aferre al deber mientras el otro lo abandona todo. Esa diferencia no solo crea una subtrama: profundiza en la pregunta central de la novela.

La mejor cuestión no es «¿qué más podría pasar?», sino «¿qué parte del conflicto todavía no estoy viendo?».

Decidir de qué trata realmente el libro

Al final, todo conduce a la misma pregunta: ¿de qué trata realmente la historia?

Quizá tengas un buen argumento, pero ¿posee una pregunta profunda?

Puedes narrar una guerra, un viaje o una venganza. Sin embargo, debajo de esos acontecimientos debería latir otra cuestión.

¿Puede alguien liberarse de aquello para lo que fue creado?

¿Qué nos convierte en humanos?

¿Puede la paz sobrevivir al miedo de los demás?

No es necesario responder de forma clara. A veces la función de una novela no es ofrecer una solución, sino formular bien la pregunta y permitir que distintos personajes intenten responderla con sus decisiones.

Quizá me esté poniendo demasiado melodramático con todo esto.

Quizá, antes de lanzarme a dar consejos, debería estudiar de verdad cómo funciona la escritura. La verdad es que no lo he hecho expresamente para redactar estas páginas. Sí he investigado muchos de los temas a los que me he enfrentado durante mis novelas y creo que, de toda esa experiencia, he extraído esta serie de ideas.

No son leyes ni formulas.

Son únicamente consejos nacidos de mi manera de crear historias, equivocarme, corregir y volver a empezar.

El esqueleto de una historia permite que se mantenga en pie. Pero la novela aparece cuando ese esqueleto adquiere una mirada, una memoria y una herida.

Y quizá escribir consista precisamente en eso: en comenzar creyendo que sabemos qué historia queremos contar y terminar descubriendo que la historia llevaba todo el tiempo intentando contarnos algo a nosotros.