Conoce a los personajes (I): Akar, la brújula en el desierto
¿Cómo construyes a un líder pacifista en una raza de no muertos? Descubre a Akar, el corazón moral de Crónicas Ankhatu y la fuerza que no necesita espada.
UNIVERSO ANKHATU - PERSONAJES
7/22/20267 min leer


Akar, la brújula en el desierto.
«No sé por qué existimos. No sé qué somos. Pero sé que no hemos despertado para quedarnos aquí, quietos, esperando una respuesta que no piensa venir a buscarnos.»
Cuando empecé a escribir Crónicas Ankhatu: Origen, lo hice desde una mirada mucho más amplia, casi como si estuviera observando el nacimiento de un pueblo desde la distancia. Era una crónica en el sentido más literal de la palabra: una sucesión de hechos, guerras, decisiones, errores y consecuencias. Tenía claro el mundo, tenía clara la raza, tenía claro el conflicto, pero con el tiempo entendí algo que ahora me parece evidente: una historia así no podía contarse solo desde lejos.
Necesitaba unos ojos.
Durante un tiempo dudé. Me tentaba la idea de narrarlo a través de alguien aparentemente pequeño, un personaje sin demasiado peso en el mundo, alguien que no cargara con grandes responsabilidades y que pudiera descubrirlo todo casi al mismo tiempo que el lector. Pero al final apareció Akar. O quizá sería más justo decir que lo encontré, porque hubo un momento en que dejó de parecer una decisión de autor y empezó a sentirse como una necesidad de la propia historia.
Akar debía representar aquello que más admiro de los Ankhatu: esa tendencia casi instintiva hacia la paz. Y digo casi porque, aunque muchos de ellos acaban siendo guerreros, esa no parece ser su verdadera naturaleza. No nacen con ansia de conquista. No despiertan queriendo dominar nada. Despiertan sin recuerdos, sin respuestas, sin una explicación clara de lo que son, y aun así su primer impulso no es destruir, sino comprender. Construir. Hablar. Buscar un lugar en el mundo.
Evidentemente, hay muchos detalles que no puedo contar aquí. Hay motivaciones, secretos y capas de la historia que prefiero guardar. Algunas ni siquiera han sido reveladas todavía en lo que llevo escrito de la saga, así que hablar de Akar sin hacer spoilers es como caminar descalzo sobre arena llena de cristales: tengo que ir con mucho cuidado. Aun así, creo que puedo hablar de lo importante. De por qué existe. De qué representa. De por qué, para mí, se convirtió en el corazón de Origen.
Akar debía ser el choque entre apariencia y alma.
Porque cuando uno piensa en esqueletos, en no muertos, en criaturas reanimadas, la imaginación suele irse enseguida hacia lo oscuro: ejércitos sin voluntad, nigromancia maligna, monstruos sin conciencia, seres vacíos que avanzan porque alguien los obliga a hacerlo. Los Ankhatu nacen precisamente para romper esa idea. Y Akar, más que ningún otro, encarna esa ruptura.
Él es todo lo contrario a lo que su aspecto podría sugerir.
Akar es empatía. Es duda. Es palabra antes que espada. Es esa necesidad casi dolorosa de demostrar que su pueblo no tiene por qué convertirse en la pesadilla que otros creen ver al mirarlos. Para mí, es la brújula moral de los Ankhatu. No porque siempre tenga razón, ni porque sus decisiones sean fáciles, sino porque es quien se esfuerza por recordarles a los demás que sobrevivir no debería significar perder el alma por el camino.
Eso era muy importante para mí.
Nunca quise que Akar fuera un ingenuo. Un idealista, sí. Un personaje capaz de buscar el lado bueno de las cosas incluso cuando el mundo se empeña en escupirle polvo y sangre a la cara. Pero no un necio. Akar entiende que la supervivencia tiene un precio. Entiende que habrá sacrificios, decisiones duras y momentos en los que la palabra no bastará para detener una espada. Lo que lo define no es negar esa realidad, sino pelear contra ella desde dentro. Intentar que, incluso cuando no quede más remedio que mancharse las manos, los Ankhatu sigan recordando quiénes querían ser antes de que la guerra los obligara a endurecerse.
Eso lo hace, de algún modo, profundamente humano.
Y quizá por eso me costó tanto escribirlo bien hasta que reescribí Origen por completo. En la primera versión, Akar ya estaba ahí, pero no respiraba con la fuerza que debía. La crónica lo contenía, pero no lo dejaba vivir del todo. Al transformar la historia en una novela narrada desde dentro, a través de sus protagonistas, pude acercarme mucho más a él. A sus dudas. A sus silencios. A esa manera que tiene de mirar el mundo como si aún pudiera encontrar belleza incluso en medio de un desierto que no deja de exigirle guerra.
Akar es el primer protagonista que conoceréis en Origen. Es el pilar sobre el que se levanta buena parte de la historia y, de forma irónica, también es quien más se aleja del arquetipo clásico que solemos asociar a los esqueletos. No es una criatura fría, no es un monstruo sediento de sangre, no es una sombra al servicio de una voluntad oscura. Es alguien que despierta sin saber quién fue, sin saber por qué existe, y aun así decide que su pueblo merece algo más que miedo, odio y supervivencia.
Pero Akar no puede entenderse del todo sin Valok.
Ahí hay una de las relaciones que más me gusta escribir.
Si Akar es la paz, la diplomacia y el diálogo, Valok es la guerra, la desconfianza y la espada. Sus métodos chocan constantemente. Donde Akar intenta tender una mano, Valok mide la distancia hasta la amenaza. Donde Akar busca una salida limpia, Valok se prepara para lo peor. Uno cree en la palabra para no perder el alma; el otro cree en la fuerza para proteger a los suyos antes de que el mundo los devore.
Y, aun así, son mejores amigos.
Eso me parece precioso.
Porque no se trata de una amistad cómoda. No son dos personajes que piensen igual y se den la razón en todo. Al contrario. Discuten, se enfrentan, se tensan, se obligan mutuamente a mirar donde no quieren mirar. Pero debajo de todo eso hay un respeto absoluto. Valok sabe que Akar es importante. Quizá uno de los Ankhatu más importantes, si no el que más. No solo por lo que representa para el pueblo, sino por lo que representa para él.
Valok es cerrado, escueto, duro. Su naturaleza guerrera lo empuja a desconfiar, a anticipar el golpe, a entender la violencia como un idioma inevitable. Pero en Akar encuentra algo que necesita, aunque no siempre lo diga: una brújula. Alguien capaz de recordarle que no todo puede resolverse con una hoja en la mano. Alguien que lo sostiene moralmente incluso cuando sus caminos parecen separarse. Y eso, para un personaje como Valok, vale más que cualquier discurso.
Akar también encuentra otro tipo de refugio en Antraya. Con ella puede mirar hacia dentro. Puede hacerse preguntas que no tienen respuesta sencilla. Puede hablar del sentido de su existencia, de lo que significa despertar sin pasado, de lo que implica ser una criatura que piensa, siente y ama dentro de un cuerpo que el mundo solo sabe temer. Antraya le ofrece una conversación distinta, más intelectual, más profunda, más ligada a esa necesidad de comprender qué son los Ankhatu más allá de la guerra que otros les imponen.
Y luego está Theron.
Theron pertenece a otra clase de personaje. Es estrategia, estructura, liderazgo desde la lógica. Un Ankhatu capaz de ver el tablero con una claridad que otros no tienen. Y aun así, incluso alguien como él respeta el liderazgo cívico de Akar. Porque Akar no dirige desde la fuerza, ni desde el miedo, ni desde la táctica. Dirige desde una idea mucho más frágil y mucho más difícil de sostener: la esperanza de que un pueblo pueda construirse sin convertirse en aquello que lo persigue.
Nunca dudé demasiado de cómo debía ser Akar. Lo difícil fue ponerme en su piel.
Porque el mundo de Crónicas Ankhatu no es blanco o negro. Y eso me interesa mucho. Llega un punto en que los grises se mezclan tanto que uno ya no sabe si pisa el lado luminoso o el oscuro. Esa es precisamente la gracia. A veces se toman decisiones que nadie querría tomar. A veces la opción buena no existe. A veces solo queda escoger entre dos heridas y confiar en que una de ellas no mate del todo lo que intentas proteger.
Akar existe en medio de esa tensión.
Está ahí para intentar que las cosas se hagan lo mejor posible, aunque eso no siempre signifique hacerlas bien. Está ahí para recordar que los Ankhatu, por naturaleza, son pacíficos. Casi inocentes, incluso. Al fin y al cabo, despiertan sin recuerdos, sin una historia personal a la que aferrarse, sin una explicación que les diga qué lugar ocupan en el mundo. Todo lo que tienen al principio es su propia conciencia, sus primeras emociones y esa necesidad extraña de encontrar belleza en lo que los rodea.
Y entonces llega la guerra.
Ahí es donde Akar se vuelve importante de verdad. No porque pueda impedir siempre la violencia, sino porque su mera existencia plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando un ser pacífico se ve obligado a sobrevivir en un mundo que solo entiende su rostro como una amenaza?
Esa pregunta, en gran parte, sostiene Origen.
Akar no es el guerrero más temible. No es quien golpea más fuerte ni quien impone más miedo. No necesita serlo. Su fuerza está en otro lugar. Está en negarse a aceptar que el miedo de los demás defina lo que son los Ankhatu. Está en mirar a su pueblo, a esos esqueletos recién despertados que no entienden del todo la vida ni la muerte, y creer que pueden ser algo más que una leyenda de terror contada por humanos alrededor del fuego.
Para mí, Akar es eso.
Una mano tendida en mitad del desierto.
Una voz que insiste cuando todos empiezan a gritar.
Una duda necesaria antes de desenvainar la espada.
Y quizá por eso abrir esta serie de artículos sobre los protagonistas con él tenía todo el sentido. Porque antes de hablar de la guerra, de la magia, de la sangre o de las grandes decisiones que vendrán después, había que hablar del personaje que mejor representa lo que los Ankhatu podrían haber sido si el mundo les hubiera permitido despertar en paz.
Pero Karak no es un mundo amable.
Y Akar tendrá que aprenderlo sin dejar de ser Akar.
Ahí empieza su verdadero viaje.